El Informe FOESSA 2026 de Cáritas Diocesana de Barcelona destacó la soledad como factor determinante para caer en la exclusión social. Alertaba como la falta de red reduce enormemente la capacidad de las personas para superar las barreras estructurales que dirigen a la pobreza. La función de la comunidad en el camino vital de las personas es esencial para superar el aislamiento emocional, para participar en la vida cultural y social, para conocer espacios de apoyo y, en última instancia, para progresar.
Los datos cuantitativos y cualitativos sitúan el factor relacional en el centro de las situaciones de exclusión. En un contexto de fuerte individualización social, las relaciones determinan cada vez más quién resiste y quién cae. En Barcelona, por ejemplo, hay 90.000 hogares sin ningún vínculo personal, una situación impuesta, fruto de condiciones sociales, económicas y vitales. El individualismo supone, cada vez más, la destrucción de la comunidad y del sentimiento de pertenencia a un espacio colectivo de apoyo y de experiencias compartidas.
Una macroeconomía que crece, una pobreza que se cronifica
Todo esto pasa en un momento en que la economía muestra signos de crecimiento y se reducen algunas formas de pobreza extrema, una mejora que no llega con bastante fuerza a los hogares más vulnerables, que viven al límite, sin margen para afrontar un gasto imprevisto. Entre las principales causas de esta fragilidad destacan dos factores: la vivienda y la precariedad laboral. Los alquileres abusivos expulsan a muchas familias de cualquier posibilidad de estabilidad. El hecho de que el 50% de las familias en exclusión social caigan en pobreza extrema después de pagar el alquiler muestra hasta qué punto la vivienda se ha convertido en un factor central de empobrecimiento. Al mismo tiempo, crece la ocupación, pero se consolida la precariedad. Tener trabajo ya no garantiza salir de la pobreza.
La perspectiva de género también es imprescindible.
Las mujeres continúan asumiendo una parte muy importante de los cuidados y de la crianza, a menudo con una carencia absoluta de apoyo. Esta sobrecarga limita oportunidades laborales, formativas y personales, y aumenta el riesgo de pobreza, especialmente en hogares monoparentales o en situaciones de precariedad. Los países del norte de Europa, con políticas fuertes de apoyo a la crianza, han demostrado que estas ayudas reducen significativamente los índices de pobreza de los niños.
La necesidad de un abordaje holístico y coordinado
El trabajo y el ingreso mínimo vital son suficientes para superar la pobreza si no van acompañados de un apoyo integral. Hacen falta dispositivos sociales capaces de mirar a la persona en su globalidad. Pero aquí aparece una dificultad: la atención a menudo es fragmentada. Una entidad aborda la vivienda, otra la ocupación, otra la alimentación, otra la salud emocional. Las personas en situación de pobreza necesitan alguien que tenga la “foto completa” de su realidad, que conozca su proceso, que genere vínculo y que pueda orientar, sostener y coordinar. El trabajo en red es clave.
La lucha contra la pobreza es también una lucha contra la soledad. No basta con preguntar qué le falta a una persona. También hay que preguntar quién la acompaña, con quien cuenta y qué redes estamos dispuestos a construir para que nadie tenga que afrontar la pobreza sin apoyo.
El cambio de mirada en Formació i Treball
Los últimos años, las entidades sociales se han echo esenciales para contener una realidad social cada vez más devastada que lleva a la imposibilidad de construir proyectos de vida. A la vivienda y a la precariedad laboral se suman factores como la irregularidad administrativa, la falta de apoyo a la crianza o el elevado índice de paro entre la población joven. Un contexto que dificulta el acompañamiento en los procesos de inclusión y ha obligado al tercer sector a repensar sus estrategias.
En este contexto, Formació i Treball hace tiempo que aborda los procesos de inclusión social con una mirada más amplia, puesto que la inserción laboral, a pesar de ser una palanca clave de cambio, no es suficiente para garantizar procesos de salida de la vulnerabilidad. Desde la Acción Social hemos evolucionado hacia un modelo de intervención más integral y personalizado, basado en la coordinación con otras entidades y en la complementariedad de recursos para dar respuesta a necesidades complejas.
Este cambio se refleja en proyectos que combinan varios apoyos, como los de vivienda para jóvenes sin hogar o familias monoparentals, que vinculan el acceso residencial con itinerarios de orientación e inserción laboral. También se han incorporado iniciativas que trabajan competencias personales, autoestima y vínculo comunitario, así como soporte especializado en el ámbito emocional y jurídico. En conjunto, se ha pasado de un modelo centrado principalmente en la ocupación a un acompañamiento integral, con la persona en el centro e itinerarios adaptados a sus necesidades diversas e interconectadas.